ESE DUELO QUE NO CESA. El duelo por el vuelo adolescente

En estas fechas hay emociones removidas y duelos que si no se han superado, regresan con una gran fuerza.
Aparte de las situaciones de pérdida por muerte de seres queridos o por bancarrota emocional  (en las relaciones sentimentales) en la vida hay muchos momentos de duelo, de riguroso luto interno, que son difíciles de superar. Momentos de pérdida, de desmoronamiento interior que te borra de un plumazo la realidad que tu creías a pies juntillas que de pronto se desdibuja, se evapora, ya no existe y te das cuenta de que aquello que creías que era o que iba a ser, ya ni será nunca ni tal vez existiera, salvo en tu cabeza, aunque para ti fuera la mayor de las realidades y en tu mundo fuera tan real como el aire que respiras, que tampoco lo ves pero existe y sabes que es el que te hace posible vivir cada día. Y sufres, y te apenas, y te bloqueas emocionalmente, y lo peor es que muchas veces lo tienes que hacer en silencio porque a tu alrededor todo el mundo le resta importancia, lo minimiza, tu entorno casi te desautoriza a sufrir, te mira de frente con encono y te apuran a que lo superes y a que te recuperes rápido, a que te sientas mejor y sigas tu vida porque piensan que “no es para tanto”.

Un método de fertilidad (o tres o seis) que no  funciona,  “no te impacientes, que así no va a funcionar nunca”, un embarazo que se interrumpe a las pocas semanas – después de seis inseminaciones- , “ya tendrás otro, sois jóvenes”. “En realidad no era más que un montón de células apiñadas”… (No, perdona... Era mi hijo, el que iba a ser mi hijo, el que me acercó a mi sueño, el que me hizo sentir embarazada…)

Un día decides que “ya no puedo más”… y por todas partes surge la promesa de un “cuando menos te lo esperes” como si el esperar no se hubiera convertido ya en una obsesión y sabes que nunca te pillará desprevenida, ni relajada…Tu entorno vive toda esa angustia tuya con un encogerse de hombros “que si tiene que pasar, pasará”; hasta un “a saber qué os habrá evitado Dios al no daros hijos” tuve que escuchar a modo de consuelo de unos labios muy próximos …

Son estos unos procesos que no tienen derecho al lamento. O al menos es la impresión que da. Y mucho menos a  ser llorados a lágrima viva. Socialmente no tienen un espacio. Nadie lo reconoce, incluso parece que fastidia, lo que lleva en muchas ocasiones a aislarse por la falta de permiso de quien nos rodea para estar triste por ello. El sentimiento de incomprensión y de soledad se acrecienta y se acaba escondiendo porque se espera de ti menos fragilidad, más entereza y que sigas adelante, como si de un  traspié se tratara, y no de una zancadilla más que hace tambalear todas las expectativas  e ilusiones de un proyecto que fracasa y de una vida que tú, literalmente, sientes desmoronarse.

Duelos que hay que elaborar, muchas rupturas que hay que procesar.
Leo en alguna parte “el proceso de duelo requiere paciencia, delicadeza y mucha prudencia”…pero la realidad es que ese proceso que muchas mujeres hemos vivido, lo hemos sufrido con mucha imprudencia, incontinencia verbal, incomprensión social, muy poco apoyo y aún menos discreción.

 En soledad te reúnes contigo, y reconoces los síntomas de otros duelos, de otras pérdidas y reconoces también que no te vas a morir. De no ser madre no se muere. Y recoges de nuevo tus pedazos esos que ya pegaste otras veces. Y aprendes a despedirte otra vez y es peor si te das cuenta de que careces del soporte humano necesario porque esto añade más dificultad a la elaboración de ese duelo. Pero recuerdas esas otras veces y otros duelos y con mecanismos parecidos consigues desbloquearte. Te recolocas como un hueso salido de sitio, y tratas de tener perspectiva, repasando una versión de tu verdad soportable. Una adaptación de la novela de tu vida que va a permitirte seguir, aceptar y seguir. Reelaborar tus expectativas, rehacer tus ilusiones poco a poco y mirar un poco más allá de tu ombligo… ese ombligo al que un día se anclara un niño que no llegó a sobrevivir. Y sacudes la cabeza como para quitarte esa idea recurrente y recuerdas que los pasos más difíciles se dan de la misma forma que los más sencillos, un pié delante cada vez. Y caminas de nuevo por la vida, elaborando despedidas, de personas, de sueños…

Y un buen día te das cuenta de que tu futuro ya ha llegado y que no se parece a aquel que dibujabas con  cunas y biberones pero que te seduce y te gusta también.
Y un buen día te das cuenta que has conseguido volver a rehacerte, a ser feliz y a pensar en aquellos días como un tiempo ya lejano, triste pero ya no doloroso. Y la veleta del destino da una vuelta y de pronto tu vida toma un nuevo rumbo. El viaje de tu vida es en otra parte, con otra pareja, con otras inquietudes, pero con las mismas ilusiones intactas de compartir vida y risas con algún niño de quien sabe dónde, de quien sabe quien…

Adopción hermosa palabra

Y un periplo de papeles, de oficinas, de entrevistas y de nuevas y extrañas personas en tu vida te van acercando a un sueño que tenías desterrado. Y de nuevo las esperas. Y de nuevo las desilusiones. Y renace el miedo a que esta vez tampoco sucederá...
Y pasa el tiempo…mayor aún que el de aquella etapa en la que mes a mes veías fracasar tu sueño. Pero no vas a desistir. Esta vez no. Y el niño soñado cambia de país, de rango de edad y hasta de número, no es ya uno sino que son dos los que van a coronarte como madre.
Y desempolvas tus fantasías y acaricias los sueños que habías arrinconado. Y te inventas momentos que aún han de esperar. Y dejas atrás otro largo proceso cargado de emociones, de tensión de incertidumbre y de temor. Y de amor.
Sientes que casi no puedes saborear la infinita alegría de un proceso que culmina porque de pronto todos los sentimientos encontrados que pueden ser capaces de emanar surgen todos a la vez; así ilusión, ternura, esperanza, miedo, mucho miedo, realidades distintas a las que nos esperábamos. Y como ya sabes cómo es, y que sin ello no puedes avanzar, elaboras el duelo por ese bebé que nunca vas a tener en tus brazos, y adaptas tu vida a tus dos nuevas realidades y a la tuya, que de golpe se vuelve irreconocible, trasmuta y desaparece. Has de aprender a marchas forzadas una realidad de maternidad que no te esperabas. Y la sufres y la disfrutas. Y despides elaborando un duelo exprés a tu niño ideal, y abrazas a los de carne y hueso, y te los tatúas en tu carne y en tus huesos. Y te readaptas a un día a día diferente y, porque sabes de dolores y rupturas te concentras en los de estos niños cuyas circunstancias ya para siempre son las tuyas y que cada día un poco más, sientes tuyos y te duelen sus duelos. Y llegas a quererlos de una manera visceral que no todo el mundo comprende (aunque de esos la mayoría no te importa), porque no entienden que el nuestro no es un contrato de propiedad sino mucho más. Es un compromiso de lealtad incondicional que va más allá de "de quien hayan nacido". Que nos une un vínculo de vida y vuelta creado a fuerza de comprensión, de adhesión, de aceptación, de necesidad mutua. Y de noches en vela, de días sin tregua, de construir y derribar muros. De confianza, de mil y una prueba a veces superadas... otras pendientes de mejora... Y de indulgencia de muuucha indulgencia, y no me refiero a nosotros como padres, sino a ellos como hijos, como personitas tiernas que han tenido que elaborar también sus propios duelos y no sólo por la familia perdida, sino que por la encontrada también. Las expectativas no cubiertas no son sólo las de los adultos.

El duelo por el vuelo adolescente

Y… bueno, de duelo en duelo cuando parece  que todo se ha recolocado, que tu vida se asemeja a lo que tú querías,  un buen día tu hija te mira desde arriba y en un desacuerdo rutinario, no reconoces a esa Popotitos oriental de siete años que aprendiste a amar, su cuerpo, su voz y sus abrazos son de otra manera,  aunque en el fondo de sus ojos aquella niñita pervive muy a su pesar, tras ese bosquejo de adulta que cada día cristaliza un poco más.
 Y me preparo para recolocarme, otra vez, mis ilusiones porque el futuro ha llegado tan rápido que aún no me la había imaginado como una mujer.
¿Y mi niño? ¿Dónde está? Ese genio de las mil y una noches. Despierto y en lo que me parece un abrir y cerrar de ojos me doy cuenta de qué poquito queda de aquel pequeño cabezoncillo y tierno a la vez que bruto que con una risa me robó el corazón.  Aquel casi bebé del que ya queda apenas dos gestos distraídos y dos posturas a la hora de dormir, lo veo ahora de puntillas encaramado al portal de la preadolescencia.

Pero aunque sus formas y formatos son distintos, sus abrazos son sentidos, los besos son necesarios, infalibles e imprescindibles para ellos tanto como para mí. Y me preparo para un nuevo duelo, una nueva despedida, la de los niños que ya no son. Egoísta, sí, ya lo sé, pero al mirarlos no puedo sentir más que pena por el tiempo que no pasamos juntos, por el tiempo que tan rápido ha pasado, y hasta por el que, por ley de vida, no pasaremos.
Y siento orgullo por los hijos que he criado, y en este mi nuevo duelo, solidaridad por el que ya empiezan a sentir ellos, con sus preadolescentes y adolescentes corazones enamorados, sentimientos y emociones que veo cómo les remueven otros dolores que espero sean superados, tal vez un día, con todas las piezas del puzzle agrupadas.

Sirva todo el dolor pasado para aprender que conseguir superar un duelo no te va a hacer más fuerte sino mucho más sensible al dolor de los demás, y que los duelos  son importantes y necesarios más allá de la superación del dolor, quien los haya elaborado, ahora sabe que sirven para entender que hay dejarles espacio, que no hay sentimientos no válidos y que  hay que permitir a los demás el que estén tristes, profundamente tristes por lo que ellos sientan que les rompe, sin valoraciones sobre el ranking de lo que puede o no ser materia de luto.  Y si no somos capaces de consolar (algo que también se aprende con el duelo)  de dar respuestas que alivien o mengüen el dolor, al menos que aprendamos que el dolor es un proceso importante y que sí seamos capaces de hacerles sentir de verdad, que no están solos.

OCHO AÑOS


Hace ocho años desembarcamos con nuestras ilusiones y muchos miedos en Kazajistán, apenas recién llegados sin tiempo para reponer las muchísimas horas de vuelo, los 7500 kilómetros que nos separaban de aquella aventura que creíamos (inocentes de nosotros) tocaba a su fin, por fin el proceso de adopción iba a terminar, aquellos años de papeleos, incertidumbre, cierres de países secuestros de expedientes, desinformación y deshumanización, llegaba a término porque habíamos llegado a nuestra meta, ser padres.
El viaje y la estancia fue toooda una experiencia, las sensaciones y emociones que allí vivimos no tienen parangón con nada de lo vivido anteriormente, y nada acabó en aquel día, en aquel viaje, esperas, burocracia y deshumanización tomaron tintes más exóticos y la experiencia se dilataría aún muchas semanas más…pero eso es otra parte de la historia.
Lo que importa es que tal día como hoy, una pareja, de la mano emprendía el viaje que cambiaría cuatro vidas para siempre, conocería primero a su hijo pequeño y unos días después a su hija mayor, cosas de esta paternidad tan singular que es la paternidad adoptiva.

 Hoy celebramos el día en que aterrizamos en unos ojos de media luna a los que entregamos el corazón y el resto de nuestra vida. 

29 flores



“El corazón es muy grande y en él, caben todas las personas a las que queremos”… les enseño a mis hijos que cada persona importante en nuestra vida pasada y presente tiene su parcela en la que crecen las flores y las plantas que corresponden a cada emoción que nos provocan.
Hoy recorro tu parcela, con el alma encogida y la lágrima desprendida (justo al revés de cuando me enfado) me detengo en cada parterre, en el de diente de león con sus hojas duras y ásperas y tu ausencia se me clava como dentelladas felinas y aun así levanto y soplo su flor y pido un deseo(siempre el mismo)…
En el de las Fuchsia o pendientes de la reina que hermosean cada imagen, cada frase que conservo intacta en la memoria,  y ese grupo de rosas antiguas de té,  menudas como tú, sin espinas, clásicas y elegantes que me recuerdan tu olor en cada abrazo, y ese manojo de peonías que le dan al conjunto ese toque de sofisticación al que aún aspiro. En una esquina, inevitables, crecen las ortigas blancas que escuecen y hasta queman representando el dolor de tus últimos años, y en especial de aquel durísimo último verano.

“Te echo de menos mamá” digo en voz alta por si me oyes mientras recojo las flores de mi particular jardín para tu aniversario, y siento que no me he conformado nunca con tu muerte, a veces lo llevo con madura resignación –ya tengo un año más que tenías tú al marcharte- y otras como hoy,- que me siento tan pequeña-, con un bestial sentimiento de orfandad. Como aquel atardecer de hoy hace 29 años en que cerré tus ojos para siempre.

23 de septiembre 1988

Una noche de verano
—estaba abierto el balcón
y la puerta de mi casa—
la muerte en mi casa entró.
Se fue acercando a su lecho
—ni siquiera me miró—,
con unos dedos muy finos,
algo muy tenue rompió.
Silenciosa y sin mirarme,
la muerte otra vez pasó
delante de mí. ¿Qué has hecho?
La muerte no respondió.
Mi niña quedó tranquila,
dolido mi corazón,
¡Ay, lo que la muerte ha roto
era un hilo entre los dos!.

ANTONIO MACHADO

Campos de Castilla (versión de 1917)

Emociones y sentimientos: La indefensión.


Primero la teoría: 
¿Qué es la indefensión aprendida? Martín Seligman lo definió en 1975 como un estado de apatía inducido por la experiencia reiterada de la incapacidad de actuar de modo que se logre un resultado deseado o se evite un trauma emocional. Es decir cuando el bebé, o el niño pequeño asume que haga lo que haga nunca logrará lo que se propone o quiere. Los sujetos que sienten eso se abandonan a su suerte y ya no "plantan batalla". Muestran un mecanismo de desfallecimiento cuya función adaptativa podría ser el ahorro de energía ante una situación en que notan que la lucha es inútil. Esta indefensión se puede generalizar a otros ámbitos de la vida del niño (y posteriormente del adulto que será) dando lugar a sujetos extremadamente dóciles, con poca asertividad y baja autoestima.

La indefensión aprendida sucede cuando estamos sometidos a una mala situación ante la que nos parece que no podemos hacer nada. Como creemos que es inútil luchar dejamos de hacerlo, y aunque más adelante nos surja la ocasión de cambiar las cosas ya no nos molestaremos en intentarlo, porque hemos asumido que así es como son las cosas y nada podremos hacer para cambiarlas.

La fábula del elefante encadenado es un claro ejemplo de ello, yo la conocí a través de Jorge Bucay en uno de sus libros él la narra así:



En realidad si cambiamos el término de indefensión aprendida por el más comúnmente conocido de desesperanza seguro que es incluso más fácil de comprender, en un momento determinado a lo mejor sin que medien las palabras pero interpretamos o asumimos que nosotros no podíamos hacer esto o lo otro o interiorizamos nuestra negación "innata" a desempeñar o realizar tal o cual cosa y ya no lo intentamos nunca más. 
No sólo son cosas trascendentes o profundas, puede ser algo como el dibujo, un deporte o el carnet de conducir, o aprender un idioma o una materia para la que nos creamos especialmente negados o nos creímos especialmente negados en un momento dado de nuestras vidas y nunca más nos molestamos en intentar.
Para demostrar lo fácil que es inducir a alguien a la indefensión, a la creencia de que "tu no puedes" o "tu no vales", una profesora hizo un pequeño experimento de campo en su clase con alumnos adolescentes.


Tal vez este video sea sólo un pequeño ejemplo pero puede servir para comprender la gran cantidad de ideas erróneas sobre  nuestras capacidades que asumimos sin evidencias reales, quizá debido a esa tendencia a interpretar los hechos en el sentido de nuestras creencias y expectativas.


Nacho con 4 años constantemente decía “no puedo”, y daba igual si se trataba de ponerse los zapatos o de hacer la cama o de escribir su nombre o ordenar unos números, muchas veces era por flojucho pero otras notaba que ni siquiera enfrentaba la tarea porque no se creía de verdad capaz o por miedo a no ser capaz y Nacho siempre ha tenido la autoestima bien alta y siempre le digo  (y ya me lo repite él como una coletilla) ”no lo he intentado lo suficiente”.

Diana cuando contaba con 9 años sí que intentaba y reintentaba las cosas, ella -tan pequeña- por sus vivencias anteriores sabe que, sobre todo y para todo tiene que confiar en sus propias capacidades y su tesón y su resiliencia la harán superar muchas de esas pequeñas cadenas que de forma más o menos consciente se nos han ido colgando a modo de comentarios en el colegio, en el ámbito familiar, en casa…
Yo misma arrastro cadenas y he aprendido que a veces da igual que te digan lo que vales y lo maravillosa que puedes llegar a ser en esta o aquella habilidad, no sólo las palabras encadenan, son mucho más perniciosas las actitudes, las de la gente que te importa, da igual que un millón de personas te digan lo bien que haces una cosa, que si las personas que te importan no te demuestran que de verdad es así, llegarás a creerte que no vales para eso.
Tal vez sea concederle demasiado poder personal a nuestros seres queridos, pero esto es así de crudo, de fuerte y es una tremenda responsabilidad de la que tenemos que concienciarnos como inductores de ese aprendizaje inhibidor, al tiempo que debemos que revisar nuestras propias creencias sobre nuestras capacidades.
Muchos de nuestros íntimos temores, de lo que antes llamaban “complejos” son para la moderna psicología indefensiones aprendidas.

Yo acabo de aprenderlo ahora me toca interiorizarlo.


Diferencia entre madre “verdadera” y madre biológica


-¿En “confianza” qué sabes de su “madre verdadera”?
- Su madre verdadera soy yo…
-No, ya sabes a qué me refiero…
-No, tú no sabes a lo que me refiero yo.  Su madre,  la de verdad, la que mis hijos conocen, a la que acuden con sus males o sus miedos, con sus logros y conquistas,  soy yo, La “otra” , su madre biológica,  es su madre...imaginaria.

Porque piensan en ella, claro que sí, y sí, mi hija la recuerda, pero de una manera vaga y borrosa, así que lo que no recuerda , las lagunas que de ella tiene, las salva con su imaginación. Su hermano, mi hijo pequeño, no recuerda nada, no tiene una figura, un retrato en su memoria, pero se la imagina, y se pregunta qué pasó, por qué no pudo cuidarles y si todavía se acordará de ellos y si les seguirá queriendo. No entiende aún muy bien lo que significa extrema pobreza, ni renuncia, pero entiende que nació de otro vientre, un vientre lejano que le albergó y qué ha sido un niño muy deseado, tanto como para recorrer cielo y tierra durante más de siete mil kilómetros para llegar a encontrarlo. Diana se enfada, le hubiera gustado que la encontrara antes, vivir con nosotros lo que ha visto vivir a  su hermano, poder evitarse tanto… Pero no se queja, o si…lo hace a su manera, cuando me demanda que la siente en mis piernas (cuando por corpulencia casi tendría que sentarme yo en las suyas) y que juguemos a bebés en un intento de recuperar el tiempo perdido…

Tanto el uno como la otra se imaginan y fantasean, hablan y entre los dos aportan sus pensamientos y se van forjando en torno a esa figura esencialmente imaginaria, un pasado que a menudo verifican o contrastan con respuestas difíciles que me demandan.

Construir un pasado sin imágenes, sin una tradición familiar de boca a boca, sin alguien que te cuente cómo eran las personas de las que desciendes es difícil, pero tenemos la obligación de ayudarles en eso. Darles herramientas para que se expresen y estar  muy atentos a las señales de demanda.

Cambiar palabras no cambia un pasado pero lo hace menos perturbador. Nuestros hijos,  no provienen de situaciones idílicas, pero podemos ayudarles a que las asimilen.¿Cómo? Escogiendo bien las palabras que implantamos en su memoria. No se trata de inventar nada sólo de hacerlo más digerible. Adecuar la información a su madurez –no a su edad- y admitir lo que desconocemos poniendo mucho cuidado en que nuestro  desconocimiento no les dé la impresión que guardamos un secreto, porque  ellos creen que lo sabemos todo, en todas las áreas de la vida.

Y cuando alguien les pregunte –que lo harán-, sobre su madre” verdadera” sean capaces de mirar a los ojos a quien les inquiera y responderle  que tienen dos, una madre biológica que les llevó en su vientre y les trajo al mundo,  por la que tienen esos hermosos ojos de media luna y una madre que les cuida y les enseña a responder preguntas inoportunas y a la que deben esa paz y la sonrisa con la que responden.

Las ilustraciones de esta entrada pertenecen a:



Vivido lo vivido y por vivir.


 Recibo este día recordando: 
A quien me lo enseñó todo en la vida menos a no añorarla, mi madre, a la que también le costó tanto tener hijos y que disfrutaba de este día para ella tan señalado como uno de los días más bonitos del calendario.
A la madre de mis hijos aunque en Kazajistán no celebren este día hoy.


Vivido lo vivido, convertirse en madre, no ha resultado tarea fácil. Como una actriz en paro, durante años recorrí oficina tras oficina y viajé miles de kilómetros, persiguiendo un sueño, una oportunidad, -para otros una locura-,  ¿Tanto luchar  por un papel de suplente? Leeré en muchos ojos recelosos.

Reinventarme, improvisar, aprender con escaso acompañamiento y limitados medios a desempeñar, que no a representar, un personaje comprometido, tan ansiado como complejo. Creérmelo y hacerlo creíble, del tirón sin ensayos, sin dobles ni especialistas, hacerlo para unos niños descreídos del profundo significado que la palabra madre debe de poseer, y conquistar sus corazones de pequeños titanes,  resignificando y llenando de contenidos nuevos una palabra que se les había quedado dolorosamente vacía.
Una aprendiendo a ser su madre, ellos reaprendiendo a ser hijos de nuevo. Día a día, al levantarse el telón en el gran escenario del mundo,  intentando demostrar que a pesar de la biología, una “merecía” ese papel estelar, porque la maternidad y la biología no siempre van unidas, (aunque como dice Pepa Horno, facilita mucho las cosas).
No todo el mundo lo entiende así y recelan a veces de una como madre “de verdad”, y a veces de que esos superhéroes hijos míos, sean tan míos. Algunas personas se parecen a esos criticos de segunda fila que sin arriesgar nada, mirando impasibles desde una butaca emiten su opinión revestida de verdades absolutas como que los adoptivos nunca serán del todo hijos emocionales por muchas leyes que lo ratifiquen.
En este escenario, ser madre no es fácil pero es que ser hijo tampoco.
Tenemos que vivir en esta sociedad, llena de prejuicios y salvarnos de ella, hacer como que no nos importa y al mismo tiempo intentar cambiar las cosas con un circunstancial batir de alas, crear y creer en una suerte de efecto mariposa, porque es necesario ir haciendo camino, abriendo paso, poquito a poco, por otras madres que se las ven apuradas improvisando y recitando su papel como un monólogo a un publico poco entregado. Por nuestros hijos para que cada día -y también el de la madre-, puedan celebrarlo con verdadera naturalidad, sin tener que protegerse de nada ni de nadie. Que puedan recordar y honrar a su madre de nacimiento en voz alta si quieren, que puedan abiertamente entristecerse por una historia que es, sin paliativos, dolorosa.
Tal vez consigan aprender que las emociones van y vienen y que han de permitirse sentir, acomodar su miedo, dejar que su corazón vuele a donde tenga que volar y dejarse mojar, sin temor a que se les encoja el corazón, por esa lluvia que, a veces torrencialmente y otras contenida,  irrumpe e inunda los momentos más señalados poniendo en evidencia  un sentimiento de perenne felicidad incompleta. Aprender a mirar serenamente su reflejo en los charcos y asumir su historia dejando que supuren las heridas, reconociéndolas, recomponiéndose, alzando el vuelo tras salir el arco iris, como hermosas aves fenix. Y también para que puedan con conciencia plena y sin sensación de traición o artificio regalar tarjetas pintadas a mano, llenas de corazones a su madre para siempre, y brindar con burbujas de naranja por esa epopeya que es la vida cada día.
Mercedes Moya

Madres presentes, no hiperprotectoras

Educar es una lucha y uno de los campos de batalla más feroces es la escuela. Allí nuestros hijos se enfrentan solos a muchas cosas, a sus compañeros, a sus profesores que no siempre les entienden, a horas de tensión y también a nosotros, sus padres, padres que tenemos que hacer encaje de bolillos para que nuestros hijos ganen en autonomía, en reponsabilidad, que tenemos que marcarnos pulsos con maestros y orientadores, con normas y metodologías que no siempre facilitan las cosas y a veces hasta con la incomprensión de otras madres, porque parece que somos las madres, y como madre hablo, las que acusamos este pecado.

Hace muy poco, en una más de las conversaciones que con otras madres como yo, mantenemos con el tema central que más nos preocupa, una de ellas me contaba que en una acampada en el colegio de sus hijos no había dejado quedarse a su hijo pequeño (8 años) a dormir porque no sabía cómo gestionaría su hijo el quedarse "solo" de noche en un escenario tan desconocido. Todas las demás madres aunque temerosas habían dejado a sus hijos por  la presión social de "se queda menganito" y si  menganito se queda, fulanito también se queda... pero seguro que ni menganito ni fulanito, padecen terrores nocturnos, que hacen de las noches una auténtica incertidumbre en casa de esta mamá, o que en la oscuridad, o algún ruido o circunstancia remuevan en él recuerdos de su memoria implícita y haga que su hijo se desespere y se angustie, con ese tipo de angustia indescriptible que tan pequeños ya conocen muchos niños, algo que su madre sabe, cabe muy dentro de lo posible. Las consecuencias de los traumas tempranos en la organización del cerebro infantil son imprecisas, y pueden alterar el funcionamiento de la mente por lo que  su madre no siente que su hijo en este momento vaya a ser capaz de gestionar según que situaciones en las que pueda encontrarse y por eso prefirió no dejarle porque siente que no está preparado, por más que a ella le gustaría que sí lo estuviera.
La tachan -me cuenta-, de madre sobreprotectora, pero ella sabe que a su pequeño tal vez le falte un tiempo -más o menos largo-, dependiendo de como se desarrolle y madure algunos de los aspectos de su función ejecutiva, ese término de neuropiscología de lo que la mayoría de madres no han tenido que oír hablar, ni estudiar, porque no han tenido ni tienen que luchar con la flexibilidad cognitiva ni la memoria de trabajo, o con los problemas de planificación y organización.  Y no estamos hablando de esos "olvidos" que con una consecuente consecuencia se reparan, del tipo de" Cariño, no es mi responsabilidad que se te hayan olvidado los deberes, es la tuya, por lo tanto mañana dices a la profesora que no los llevas porque se te olvidaron y ya verás que la próxima vez no se te olvidarán." Porque una y otra vez se les olvida y no es falta de interés ni de motivación.


Quiero romper una lanza por todas esas madres a las que no les queda otro remedio que mantener con sus hijos una gran presencia. Hijos cuya función ejecutiva les impide centrarse en los deberes, concentrase en la escuela y hacer las tareas solos y tienen que doblar la presencia y sentarse con ellos a hacer las tareas para que aprendan lo que los demás ya aprendieron o estar a su lado para que las hagan de principio a fin, a veces "prestándoles su cerebro" para que puedan entender, para que encuentren la lógica que tan sencilla parece desde fuera y para aplicar información aprendida anteriormente para resolver problemas y sobre todas las cosas para que sientan que sí son capaces. Niños que a veces necesitan una atención especial y especializada, a los que su madurez no va sincronizada al mismo par que otros niños de su clase. Niños a los que su cerebro reptiliano les mantiene secuestrados en sus intervenciones en clase,y son niños inteligentes, y son niños capaces intelectualmente, pero en los que su desarrollo madurativo no va en función de la edad, sino de otras muchas cosas, por ejemplo del tiempo en que pasaron institucionalizados, en si tuvieron malos tratos, o  un escaso o nulo cuidado desde que se encontraban en el utero materno. Niños que no han vivido las mismas experiencias de quienes crecieron en la seguridad de sus hogares y bajo la protección de sus madres.


No es fácil juzgar o tal vez sí y por eso lo hacemos tan a la ligera, a madres de las que se piensan que porque se da la circunstancia de que ser madres les costó años de lucha médica y años de burocracia después, y que muchas veces su edad no acompaña cronológicamente a los hijos que educan, sean madres temerosas de dejar volar a unos hijos a los que tienen que curar sus alas y a los que han de enseñar a volar con un poquito de más paciencia y mucha más presencia bajo la mirada de soslayo de profesores u otras madres que no tuvieron que aprender de neurociencia.

Hijos y madres de primera

Soy madre de dos niños de primera.Nuestros hijos son pequeños grandes héroes luchadores y supervivientes.
Cada niño adoptado tiene en su corta vida una historia previa muy dura.